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LA MEMORIA EN LAS BRASAS

La pasión arde en todo lo que hacemos, en todo lo que nos pone de pie y nos echa a andar y nos permite encontrarnos con lo que somos, fragmentado y escondido en los rincones de nuestra propia existencia, en las esquinas de lo cotidiano, en los cajones del presente inquieto. Si tan solo las personas creyéramos en los universos que nos habitan, ya no haría falta tanta ficción para dar con lo maravilloso. Y es del encuentro con lo maravilloso que nacen las historias.
Creo en un tiempo nuevo.
Creo en la era de una Historia emergente, relatada con la voz y con los ojos y con las letras de las otras historias, las historias diminutas que cuentan las mujeres que aman, los hombres sensibles, todas las identidades forzadas a la disidencia, al no encuadrar sus modos en los parámetros de la belleza exigida, del pensamiento embotellado y la opinión de molde.
Creo en el tiempo del relato desde la voz protagónica, desde la verdad personal en la que los dolientes puedan encontrarse y reconocerse y acaso saberse parte de un tejido humano. Una piel para vestir este mundo, que agoniza en carne viva.
Creo (de creer o de crear, qué más da) en el tiempo de los libros vestidos de bits, que se nos meten al pecho por esa ventana electrónica que cabe en la palma de la mano y pretende mostrarnos los trozos del mundo que nos niega la geografía.
Creo en los libros que abrigan el desamparo de una crianza que todavía no sabe que allá, tras las cimas del mandato, justo después del bosque de los prejuicios, hay una otredad que se le parece; un continente habitado por vagabundas soledades que, sin saberlo, se han buscado desde siempre para verse llover los párpados y, de a poquito, perdonar al mundo. Al mundo y al Dios del mundo, que todo lo sabe, pero nada siente; que todo lo impone, pero nada oye.
Pienso un tiempo de voces jóvenes, de tradición y costumbres deconstruidas y relatos paridos en la vereda de enfrente, del lado de la avenida donde comienza el barrio, donde los corazones se cruzan en las esquinas y hacen chispas. Cuánto bien le haría a la ciudad recordar que alguna vez fue barrio, un barrio que de repente se hizo enorme y se olvidó de quererse, porque en sus esquinas ya no chispean corazones, ni en sus plazas enjauladas se cuentan historias de amor.
Y qué poco recuerda sobre el amor la ciudad.
A eso viene Magalí, a devolvernos ese amor que perdimos cuando nos dejamos entretener por el frenesí de lo efímero. Arde la vida es la historia de lo que permanece eterno, inmutable; un lugar seguro al que volver cuando la ciudad se hace demasiado grande. Una verdad diminuta, pero poderosa, que se vuelve escudo y le pone el lomo al filo del desengaño, a los golpes de la desilusión, al garrotazo de la tragedia. Un compendio de imágenes como llamas, que danzan sobre los leños de la memoria.
Dice Eduardo Galeano que somos un mar de fueguitos y debe ser cierto. Fueguitos que incendian la cotidianeidad para encenderse, o acaso flamitas azules bailando sobre los restos de una carta que nunca nos atrevimos a entregar.
Fuimos incendio forestal frente a alguna injusticia y también supimos ser hogar a leña para ese corazón roto que, tendido sobre una alfombra, precisaba reverdecer.
Y otras veces, fuimos apenas brasitas.
Brasitas acurrucadas en el centro de un colchón helado, en una casa húmeda que cada noche, nos murmura cosas tristes al oído.
Brasitas que se lloraban encima y con cada lágrima, se extinguían un poco.
Brasitas que extrañaban un almuerzo de domingo al mediodía, un árbol preferido, un padre que descubrieron humano demasiado pronto, cuando ya era tarde.
Brasitas que añoran el barullo de las uñas de una cachorra sobre el piso de la cocina, una declaración de amor, un escondite secreto en el fondo de la casa que les ha visto crecer. Todo aquello que, alguna vez, les hizo saber qué se siente estar a salvo.
Mil imágenes, como granitos de arena, que en remolino atraviesan el reloj del pecho y se estrellan contra el cristal del estómago y quieren hacernos creer que el pasado es un lugar al que ya no se vuelve jamás.
Pero es mentira, y por eso escribimos. Para vengarnos del engaño del tiempo, de las reglas inexorables que lo gobiernan y pretenden también gobernarnos.
Para poder volver al pasado, al rincón seguro, cuando la ciudad se haga demasiado grande y se vista de noche y abra sus fauces que amenazan con despedazarnos al mínimo intento de amar.
Escribimos de mil modos: con la voz que canta, con los ojos que toman la foto, con el corazón que se deshace sobre un lienzo en blanco.
Escribimos para recordar por qué escribimos y para que esa otredad que nos mira sepa cuánta falta hace levantar la voz, para que la Historia la contemos todos. Escribimos para ayudar a quienes vienen llegando y escribimos para arder. Para arder cada vez que haga falta y, en cada ardor, aprender a usar el fuego.
Escribimos para arder como arde la vida cuando las brasas que somos se encuentran con el viento cálido de la memoria, y aquello nos despierta, nos resucita del letargo e incendia todos los colchones fríos que nos quieren extintos.
Escribimos para vivir, y también para no morirnos, pero antes que nada escribimos para que no nos maten.
Juan Solá
Resistencia, Chaco, noviembre de 2018

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